Hace poco fui a subir a stories una foto de un ensayo de la protagonista de JANA.
La aplicación me sugirió Magic, de Chase Eagleson, que llevaba días escuchando.
La puse.
Durante unos segundos vi el resultado final de JANA.
No el ensayo. No el tráiler. El espectáculo terminado.
Y acabábamos de empezar.
Aquella canción me dio un empujón de optimismo y consiguió que viera algo que todavía no existía. Y la había descubierto gracias al mismo sistema al que culpo de que ya no escuchemos música como antes.
Spotify no ha matado la emoción.
Ha matado el hecho de tener un solo disco para escuchar.
Antes comprabas un CD y aquel era el disco. Lo escuchabas entero, repetías las canciones y descubrías detalles en cada escucha.
Profundizabas.
Ahora tenemos toda la música del mundo y, precisamente por eso, es fácil no entrar del todo en ninguna.
La música no era mejor. Nuestra atención era distinta.
Una canción compite contra notificaciones, vídeos y el impulso de saltar al siguiente tema antes de que haya tenido tiempo de hacer nada.
Por eso una canción no emociona solamente porque sea buena. También necesita encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
La primera vez que le puse a Mar Mare, una canción del musical BRUNA, íbamos en coche.
Yo había grabado una maqueta y se la puse. Mientras sonaba, seguí conduciendo y mirando la carretera. Cuando terminó, le pregunté qué le había parecido.
Estaba llorando.
Mar no suele reaccionar así con las canciones que escribo. Por eso recuerdo tan bien aquel momento.
Como compositor, siempre me había preguntado si la emoción que siento al crear una canción puede viajar hasta otra persona.
Puede.
No siempre, no con todo el mundo y no en cualquier momento. Pero puede.
Quizá somos bastante más parecidos de lo que creemos.
Cuando alguien pide una canción que emocione, es fácil recurrir a lo habitual: un piano lento, unas cuerdas, un crescendo y palabras como vida, amor o sueños.
Todo eso puede funcionar.
El problema aparece cuando se nota demasiado que está ahí para obligarte a sentir.
Para mí, emocionar tiene más que ver con utilizar un lenguaje cercano. Palabras que la gente diga de verdad. Frases que podrían escucharse en una cocina, dentro de un coche o en el pasillo de un hospital.
Una melodía puede ser sencilla. La elección de las palabras y el lugar exacto donde caen, no.
En JANA esto se ve especialmente en Als meus peus, la I WISH SONG de la protagonista.
La escribí en primera persona. El tiempo se detiene y escuchamos sus pensamientos. En apariencia, es un canto a “yo puedo con todo”.
Pero el espectáculo habla justamente de lo contrario.
Jana cree que tiene el mundo a sus pies. El público, sin embargo, sabe que acabará en una silla de ruedas y perderá la movilidad de las piernas.
Entonces el título cambia.
Primero es una promesa. Después es una pregunta.
Eso es lo que una historia puede hacer con una canción. Las mismas palabras significan algo distinto cuando conoces lo que ocurrió antes y lo que vendrá después.
Una melodía importa. La armonía, el ritmo y la voz también.
Pero una canción emociona de verdad cuando todo coincide con una historia, una imagen y alguien dispuesto a entrar.
La música abre la puerta.
La historia consigue que quieras quedarte.
El tráiler de JANA es nuestra primera invitación. El proyecto acaba de empezar, pero ya puedes conocer la historia y escuchar una parte del universo musical que estamos construyendo.

Mateu Peramiquel
Compositor y productor de teatro musical


